La literatura y la secularización del mito
Como
afirma el estagirita en la poética
imitar
es connatural al ser
y al narrar lo que
quiso acontecer,
las primeras historias han contado.
Y oralmente se
pudieron relatar
mas las palabras se las lleva el tiempo,
y él, como un dios que nunca va a parar,
quiso el verbo mortal condenar.
Cronos, en sus fauces
rige,
devora hijos, los deja
como el tigre voraz que la vida espera,
no hay nada que del paso se desligue.
Pero Zeus, envuelto
en roca inerte,
escapa del titan, al exilio lo condena,
la piedra inmortal en las manos de Era,
engaña al cruel destino de la muerte.
Así el hombre,
tallando en roca dura,
esculpe su palabra para evitar el olvido,
trascender busca del cruel zarpazo herido,
y a la eternidad entrega su escritura pura.
Mas no es la carne lo
que busca eternidad,
es la palabra, la chispa que lo encierra;
el mito, de su cumbre a la tierra,
deviene literatura en la realidad.
Las letras guardan
voces, ecos viejos,
memorias que el tiempo no ha vencido,
en las ruinas de civilizaciones ha vivido
y de sus cenizas brotan nuevos espejos.
Ya los dioses
duermen, sin razón,
el mito ahogado yace en el papel,
la voz de antaño ya no es fiel
al eco divino de su canción.
La literatura, en su
nacimiento,
creación y ruina a un mismo tiempo,
sepulta con palabras el lamento,
y al mito lo disfraza de cuento.
Los héroes del Olimpo
son un verso,
presos en la jaula de la poesía,
sus voces claman su valía
en los márgenes del universo.
Ya la rima del tiempo
no canta
a dioses que guiaron a los hombres,
y en su lugar, el verbo nombra
lo sagrado que la tinta quebranta.
Mas bajo el verso
tiembla un eco leve,
una chispa divina aún enreda
la mente que al pasado se apegue,
a lo glorioso que aún queda.
Así camina el hombre
entre misterios,
no dioses, mas palabras como guía;
en la ficción su fe, en la poesía,
y en su voz, un eco milenario.
El mito regresa, más
disfrazado,
fantasma en la página resurge,
lo literario se enorgullece
de un pasado ahora desmenuzado.
Los dioses de antaño,
ya sin poder,
vagan entre líneas sin destino,
fantasmas en tinta, sutil divino,
olvidados en lo que fue su ser.
Así se erige la nueva
visión,
cuatro pilares del verbo sublime,
donde la razón, al fin redime,
recrea su propia mitología.
Y al final, al
contemplar la vida,
queda solo una melancolía,
la literatura, en su autonomía,
mata a los dioses, pero no olvida.






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